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Dejar

Te dejé las llaves, como siempre, sobre la mesita azul las fotos donde estaban, no guardé ni una la ropa alborotada sobre la cama, arrugada por fantasmas mis lentes guardados en su caja, en el fondo del cajón secreto los platos y ollas, secándose en la cocina las verduras en el refrigerador, donde deben de ir los peluches en el suelo, donde pertenecen los mandalas entre libros, para que te entretengas buscándolos los rastrillos y la maquinita rasuradora, en la maleta a medio hacer (así como parte de mi ropa interior y mis camisas) mi taza de café, todavía llena y la copa de vino, agrietada a mordidas te dejé todo eso te dejé.

Identidad

Soy las manías mal entendidas de mi abuelo y las irreverencias de su madre soy la fuente de cordura y el centrado humor de mis hermanos soy la herencia de un árbol sin sentido historias que no deberían de existir y sin embargo son soy la simple superposición de pasados y futuros y la constante interrogante del presente soy, así, tan transparente como el espacio ínfimo entre átomos y soy, en calidad de préstamo, el cúmulo sensible de mis ánimos soy, quizá por elección, quizá por mandato una resonancia terrible del porvenir que azota sin sentido la calma del mañana y que grita entre vacíos las noticias que están por suceder soy todo lo que todos hemos sido mareas de emociones en una esfera pulcra de obsidiana oscuridad latente en la esquina ignorada palabras del tiempo, todas deshojadas.

Tejer

Me tomas en tus manos redondo templado como una concha marina como un planeta en chiquito Una madeja de estambre de hilo fino soy y me observas enredado palpitante y te quedas calladito como esperando como cirujano minutos antes de empezar un trasplante. Y eso haces con la paciencia de un anciano retiras el amarre duro del exterior el nudo que ata y mantiene todo en su lugar pero no permites que me abra de golpe sino de a poco con el tacto de un arpista como quien teje al desenredar. Esa es tu gran habilidad, conocerme en silencio bordarme y descubrirme con insistencia con palabras, con miradas y con besos y con manos descubriendo el secreto que hay dentro de tanto hilo: soy, en realidad, una singularidad desnuda.

Desierto

Nubes de tormenta nos persiguen mientras vamos por este desierto caminando por años, rodeados de memorias movidos por un viento punzante que nos quiebra las entrañas que revierte remembranzas de pasados mas tranquilos. El viento que nos sigue es condena tanto al existir como en ausencia cuando nos acompaña, hiere cuando nos deja, crea este vacío la quietud de un eco sordo que nos recuerda soledades y mareas de lágrimas y desencuentros de noticias de guerras y hambre. El vacío es peor que el viento y peor que el vacío será la tormenta que nos pesará y detendrá que nos ahogará entre estos árboles sin hojas gritando estaremos, los árboles y nosotros sin que ni el vacío nos escuche.

El uso de los cuerpos

Te lo dije y lo escribí y resulta insoportable no poderlo repetir: quiero usar tu cuerpo. De almohada, suave tu pecho quiero usar tu cabeza de caldero y tu mano de esténcil que me marque, que me pinte, que me corrompa en mi pureza marginal en mi blancura insospechada. Quiero utilizar (si te es posible) tu cuerpo de calentador aparta de mí este frío que remueve mis entrañas que me achica desde adentro y que me entorpece al caminar. Tiemblo, así de frío y de fealdad cuando tu cuerpo no está ahí para ser mío cuando tu mirada se ausenta divagante entre otros cuerpos que no existen entre personas que son de sombras. Y sin embargo, cuando está, cuando tu cuerpo está cuando tu estancia es presente y actual y real (e insoportablemente leve) siento estas ganas terribles de tomarte y redefinirte aunque sea por unos instantes como algo más que persona como tantas cosas simultáneas todas, egoístamente, para mí.

Amores lunares

Hoy que la luna nos ve ¿no crees que deberíamos tener más cuidado, tu y yo? Ella nos ha seguido, por varias noches seguidas y quizá ya haya contado, como acostumbra, a algún confidente misterioso los amoríos que ha podido atestiguar. Mejor deberíamos por aquello del secretismo silencioso por ese tema de la privacidad lapidaria guardarnos de la mirada persistente de la luna. Quizá sea lo ideal andar a tientas en la oscuridad con las persianas cerradas para evitar curiosas miradas lunares. Tu sabes, infante selénico, de la furia de Coyolxauhqui, de sus celos, tu sabes, que ella te guardaba para ti. Tal vez lo mejor sea, por ti y por mi (y por ella) que siga el misterio de tus andanzas nocturnas hasta que esa luna madure lo suficiente para entender que ahora su hijo ya no regresa a sus brazos.

Náufrago

Aún recuerdo esos días en que sentía un río fluir en mis entrañas. En la ventana se acumulaban las gotas de un rocío mañanero que recordaban tus lágrimas y mis suspiros De mi voz, reservada por tanto tiempo surgían huracanes, tifones, vendavales tormentas de palabras y silencios sinfonías de gritos y ahogos. La ausencia era, sin más, una marea que lo bañaba todo que abarcaba la mirada y la conciencia y que se filtraba entre las maderas de mi barco insistiendo en inundar los interiores de mi alma. Y aunque era pacífica, ésta marea era una amenaza de naufragio tan pausada que parecía inconsecuente pero que llevaría, tarde o temprano, a mi hundimiento. Y así fue. Aunque no quise aceptarlo lo sabía hacíamos agua desde hace mucho las provisiones mojadas el moho invadiendo las bodegas y el crujir de la madera precediendo al rompimiento. Una mañana, calmada como las demás tuve que abandonar el navío olvidar las anclas y las velas y nadar hacia la playa más c...